José Barrionuevo
Alcoholismo

Consumo de drogas y de bebidas alcohólicas en adolescentes.(••)

Una de las preocupaciones de los padres más insistentes hoy en día es el consumo de drogas y de bebidas alcohólicas por parte de sus hijos, que comienza a temprana edad según serios estudios estadísticos realizados confirmados por la experiencia de profesionales de diversas disciplinas que trabajan con adolescentes.
En este espacio vamos a plantear algunas consideraciones, haciendo una primera aproximación al tema diciendo que no es posible confundir el tomar drogas o alcohol con lo que se denomina drogadicción propiamente dicha. La diferencia entre ambos no es del orden de cantidades o frecuencias sino que depende de la posición del sujeto: en cuanto a hacerlo por placer o bien cuando se ubica a la sustancia en el intento de reforzar el esfuerzo desmentidor o renegatorio, patológico, ante la ley en sus diversas manifestaciones. La diferencia se aclarará, es la intención, en el desarrollo del presente escrito.

En un libro publicado hace ya unos años (“Drogadicción. Teoría y clínica”, de Editorial Gabas), invitaba a auscultar en la lengua, que hace de lazo social, en los modismos o expresiones usuales, para descubrir un otro sentido que hablaría del basamento en el consumo circunstancial o por placer y en el alcoholismo, en consideraciones que aquí relacionaremos con la problemática de las drogas en general.

“Tomo para animarme...”, o, “...nada mejor que una buena birra para poder hablarle a una mina, me salen solas las palabras...”, son expresiones que suelen escucharse en algunos jóvenes al ser preguntados sobre por qué beben.
En muchas de estas frases hay referencias a obstáculos a salvar, pudiéndose pensar desde el psicoanálisis en la existencia de un esfuerzo identificatorio con aquel que se transforma al beber. No es casual que al referirse a los efectos están en el orden del “animarse”, de “levantar el espíritu”, o que se llame a las bebidas alcohólicas: bebidas espirituosas. Es decir que aquel en quien se transforma al beber estaría relacionado con un ser que puede traspasar todas las barreras que el mortal no puede: como el ánima o el espíritu.
Ahora bien, podríamos interrogarnos: ¿a qué se denomina espíritu?. Consultando un diccionario de lengua castellana encontramos la siguiente acepción:
“Ser inmaterial...”. “Don sobrenatural y gracia especial que suele dar Dios a algunas criaturas...”
Podríamos proponer como primera aproximación que las bebidas espirituosas tendrían desde esta perspectiva la virtud de dotar a quien bebe de las fuerzas necesarias para triunfar sobre los límites materiales. Esta operación supondría, desde lo inconciente, la pretensión de tener éxito en el esfuerzo por oponerse a la existencia de una realidad traumatizante o desquiciante, que cuestiona el propio sentimiento de sí, con la creación de un doble al que por proyección se adjudica la victoria sobre la muerte y a cuya imagen se supone poder transformarse al beber.
En cuanto a “don sobrenatural” o divino recordemos, como un dato interesante, que Freud, al investigar sobre la coca refiere que entre los indios de América se atribuía a la bondad de Manco Capac, hijo del Sol, el origen de la planta de coca, un regalo de los dioses.
Cuando se sostiene, por ejemplo, que el vino “anima”, o levanta el “espíritu”, la expresión se estaría refiriendo al anhelo de lograr nuevas fuerzas allí donde el deseo vacila, sosteniendo la representación de sí del sujeto acorde a un ánima, a un espíritu, un otro de hablar fluído, de mejor talante, animoso, emprendedor y arriesgado, en una transformación que el líquido facilitaría con sus efectos.
En las canciones populares de diferentes pueblos se encuentran referencias a los poderes supuestos en el vino:
“Si el vino viene,
viene la vida
dice una canción folclórica, que más adelante continúa con la expresión de un deseo: “...que me entierren al alba,
regao de vino mi tumba”
Tengamos presente que en algunas culturas indígenas era costumbre en las fiestas derramar la primera chicha, bebida obtenida por fermentación del maíz o del algarrobo, sobre los huesos de sus antepasados, entre llanto, gritos y cantos.
Y si enlazamos esta referencia a los fragmentos de la canción transcriptos anteriormente, podríamos deducir que las bebidas alcohólicas estarían relacionadas con el anhelo de vivificar o con la pretensión de volver a la vida a los muertos.
Hasta aquí, podríamos decir, es clara la relación de los jóvenes, y de los no tan jóvenes, con las bebidas alcohólicas como recurso buscado cuando el valor flaquea, pudiéndose pensar que en forma circunstancial, o incluso recurrente durante cierto tiempo, pueden ser buscadas como garantía supuesta de sostén identificatorio en el trabajo de procesamiento de duelos “adolescentes”.

Por su parte, en el extremo del alcoholismo se marcaría el exceso en la pretensión
de encontrar un reaseguro, vaso tras vaso, botella tras botella, ante la inevitabilidad con la que la muerte se presenta como límite para la propia existencia.
La desconexión que sigue al exceso en la borrachera, y luego la depresión y la resaca, mostrarían en su secuencia lo fallido del intento y la eficacia del accionar de la pulsión de muerte en la búsqueda de la bebida nuevamente, en forma compulsiva. En el alcoholismo en sus casos más graves se caería como estado final en la borrachera en un estado estupuroso, con amnesia parcial o total de lo ocurrido, como expresión evidente de una retracción narcisista tras los intentos fallidos de fundirse amorosamente con los otros, con declaraciones pasionales, abrazos y besos. El “mamarse” o el “ponerse en pedo”, como se dice comunmente, tomando expresiones populares, marcaría el fracaso del intento desmentidor de la identificación con un doble supuesto en el beber “para darse ánimos”, y tras la manía muestra al sujeto borracho en un mortífero encierro gozoso y a expensas de accidentes por obra del accionar de la desestimación, que es defensa a la que se apela para abolir o no dar lugar al reconocimiento de los peligros que pueden poner en riesgo la propia vida.

La cuestión es desdramatizar el problema manteniéndolo en su justo lugar, tanto en el terreno del beber como en el tema de las drogas. Así como ante unas gotas que caen un paisano puede, observando el cielo, midiendo el viento y oteando el aire, arriesgar si es falsa alarma de lluvia, inicio de breve chaparrón o señal de sostenido aguacero, una y otra actitud referida al consumo de drogas y de bebidas alcohólicas, pasajero o circunstancial resguardo o aterrada respuesta en el exceso, están diciendo de una posición del sujeto respecto de la vida y de la muerte, o, como lo diríamos desde el psicoanálisis, en cuanto al límite, a la castración.
Por cierto, sería algo más que una “conducta” más o menos peligrosa que “se debería intentar cambiar”, tal como puede sostenerse desde otra línea de pensamiento, pues lo que está en cuestión es el ser, el sentimiento de sí del sujeto, y un problema para el cual en los casos más graves no se resuelve ni con ortopedia o recursos mágicos, sino, desde el planteo psicoanalítico, con un sostenido trabajo clínico a través de la palabra para que en su discurrir el sujeto pueda ir descubriendo su propio deseo.

Las bebidas alcohólicas se encuentran presentes desde tiempos inmemoriales en la historia de la humanidad. En el beber circunstancial en festividades varias o en simples reuniones de amigos el vino o la cerveza suelen oficiar de facilitadores del acercamiento entre quienes circula, al producir rebajamiento de la censura a través de sus efectos embriagadores. 
Por su parte los brindis son la expresión verbal de deseos compartidos y promesas de futuros venturosos, en ocasiones casi como simple pretexto para seguir bebiendo:
“...brindo por las mujeres
que derrochan simpatía”,
y en otras, refiriéndose a problemas serios en un contexto plagado de bromas y veladas agresiones:
“...brindo hasta la cirrosis
por la vacuna del SIDA”
dice la voz de Calamaro en un tema musical que se suele ser utilizado en celebraciones en el momento del brindis.

Podemos afirmar a grandes rasgos que lo que subyace a la problemática del consumo de drogas es un pánico para el cual el sujeto no encuentra palabras para procesarlo, una intensa depresión o sensación de tedio imposible de soportar, o bien “ataques” de furia incontrolables, afectos distintos puestos en juego ante los cuales el sujeto puede recurrir a drogas.
Nótese también que preferimos referirnos a “drogas”, evitando hablar de “la droga”, en tanto las diferentes sustancias pueden provocar sensaciones diversas: estimulando, tranquilizando o produciendo alucinaciones, inclinándose el sujeto por una u otra de acuerdo a la necesidad de lograr un estado de ánimo que no puede conseguir por medios propios.
Definidas por Freud como “quita-penas”, las drogas facilitan al sujeto poder escapar al peso de la realidad, refugiándose en un “mundo que ofrece mejores condiciones de sensación”, pretendiéndose, a través de la intoxicación que provoca, eludir o aliviar el dolor que el vivir supone. Así, en las toxicomanías o en la drogadicción propiamente dichas la pretensión es enfrentar o cuestionar imperativos categóricos que dicen de límites que la cultura impone a todo aquel que quiera pertenecer a ella, pero, fundamentalmente, supone un intento de desconocer la distancia entre el yo y el ideal y como consecuencia el juicio referido a la necesariedad del morir personal. Estamos hablando, digámoslo con otras palabras, de falta, de castración, ante lo cual irrumpe la angustia, el terror desbordante, o bien el sujeto se sume en amarga desazón, de lo cual se pretende “salir” apelándose al consumo de drogas al no poderlo procesar por medio del pensar, psíquicamente.
El así llamado drogadicto no hace más que hablar de su cuerpo y de su práctica drogadicta cuando llega a consulta, generalmente llevado por familiares o amigos, no dejando espacio para la duda en tanto ésta enfrenta al vacío, al desconocimiento, erigiendo en su lugar la certeza del goce que le provee la sustancia elegida. Este es uno de los problemas que se enfrenta en la clínica, y que durante mucho tiempo hizo que se considerara imposible el tratamiento psicoterapéutico al estar en esta problemática renegado el valor de la palabra. Hoy proponemos desde el psicoanálisis no retroceder ante las drogadependencias y trabajar con el paciente en procura de la constitución del síntoma, es decir, algo que desde el discurso del sujeto suponga el reconocimiento de cierto sufrimiento y el propósito de interrogarse acerca de ello.

Ahora bien, como planteábamos respecto del beber, unos porros o unas líneas no hacen a alguien drogadicto. Las drogas despiertan sensaciones placenteras, inquietantes, o pueden producir alucinaciones, y cada quien puede acercarse a ellas y consumirlas en diversas medidas, sin que la cantidad sea lo definitorio para pensar en la existencia de una adicción, en tanto el sujeto pueda ser libre de hacerlo y de dejar de hacerlo y la droga no sostenga su ser. Freud decía con toda claridad que el hombre necesita de “lenitivos” para aliviar el dolor que el vivir supone. Se considera drogadependencia o drogadicción “vera” cuando el consumo está al servicio de reforzar la desmentida o la oposición a la ley en todas sus expresiones, que, decíamos tramos atrás, nos habla de una posición ultra-desafiante del sujeto ante la falta.
Es necesario recordar, además, que la clínica psicoanalítica, por supuesto incluída en ella la de las adicciones, toma en cuenta a cada sujeto, evitando generalizaciones empobrecedoras, siendo los conceptos que desarrollamos sólo intrumentos que nos permitirán entender cómo un consumo (incluso excesivo) puede presentarse ante situaciones denominadas “de crisis”, y mantenerse o desaparecer, según el caso, pasado cierto tiempo, sin consolidarse como drogadependencia.
Es entendible entonces que en caso de los adolescentes el apego a drogas se presente en relación con las dificultades inherentes a la tramitación de los duelos a los que diversos autores hicieran referencia repetidamente.
Desde el psicoanálisis se jerarquiza el discurso del sujeto que consulta, estando el profesional tratante, o el que recibe una consulta, atento al decir del paciente, y desde mi perspectiva, como psicoanalista, considero que en cuanto a ésta y a otras problemáticas es importante el intercambio entre profesionales de diversas disciplinas. En muchas ocasiones el trabajo del psicólogo con profesionales de servicio social, nutricionistas, médicos toxicólogos, u otros, es imprescindible. Lo importante en el trabajo interdisciplinario es valorizar otras ópticas o lecturas del problema a resolver, reconociendo que la propia es sólo una de ellas. 

Para concluir remarquemos la diferencia sustancial: 
* Hay casos en los cuales el consumo se inicia probando drogas incitado por el grupo de amigos, o bien recurriendo al tóxico en situaciones puntuales inmanejables, circunstancialmente, o incluso consumiendo sólo por placer, no podríamos sostener que por el hecho de que haya consumo de drogas nos hallamos ante un “caso” de drogadependencia. Aquí la droga puede presentarse como refuerzo del sostén identificatorio durante un tiempo y luego es abandonada u ocupa un lugar accesorio según la elaboración en cada quien realizada. 
* El problema se plantea cuando el “ser drogadicto” se instala como carta de presentación con la que supone el otro debe poder construir los atributos relativos a su persona y es la solución que se construye para supuestamente responder a los enigmas de la vida. Ese sujeto no soporta las diferencias, que la droga borra pues iguala a todos: “drogadictos”, “del palo”, y se muestra poseedor de certeza, sin preguntas, porque las dudas, los interrogantes, angustian en tanto dicen de la falta, de la castración, de la muerte. Cree ser dueño de un saber sin fisuras para el cual no son necesarias las palabras, perdiendo éstas valor de intercambio aunque muchos piensan que existe diálogo en los grupos de drogadictos. En realidad a la palabra los drogadependientes le atribuyen una cualidad especial: que permitiría la transmisión de pensamiento, que con una palabra se puede decir “todo”, conformándose de esta forma la jerga de los drogones, algunas de cuyas expresiones son adoptadas por los jóvenes y luego se extienden en el uso popular.
Freud decía en una carga a un colega que los toxicómanos no podían abandonarse al juego de la palabra, en expresiones que podríamos enlazar a su definición de las drogas como “quita-penas” que permitiría construir ese mundo, desde la ilusión, en el cual refugiarse evitando la angustia.

En la actualidad el problema de la drogadicción adquiere dimensión diferente a las de otros momentos histórico-socio-culturales, y el drogadicto se presenta como el mejor adaptado a las reglas del consumo. Es el “mejor alumno”, y por ello dependiente aunque suponga ser abanderado de la rebeldía. Y es dependiente no sólo ya de la droga, sino, fundamentalmente de un Otro social que le vende la posibilidad del logro de la inmediatez del goce, éxito individual y solitario, casi sin mayores esfuerzos, sólo con lograr una mercadería llamada “droga” que lo aloja en ese otro mundo de “ser drogadicto”.


Referencias bibliográficas:
Barrionuevo, J.: “Juventud y actual modernidad”. EUDEBA – Editorial JVE 
“ “ (Comp.): “Drogadicción. Teoría y clínica”. Editorial Gabas.
“ “ (Comp.): “Clínica psicoanalítica al límite”. Editorial Gabas.
Barrionuevo, J. y Cibeira, A.: “Adolescencia – adolescentes”. Edtorial Tekné
Freud, S.: “El malestar en la cultura”. Obras completas. Amorrortu editores.
Lacan, J.: “Aun”. Seminario 20. Editorial Paidós.
Le Poulichet, S.: “Toxicomanías y psicoanálisis”. Amorrortu editores.


Presentación Personal
- Lic. en Psicología (UBA).
- Especialista en la "Problemática del Uso Indebido de drogas" (Centro de Estudios - Avanzados de la Universidad de Bs. As.)
- Profesor Adjunto Regular de Psicología Evolutiva II "Adolescencia". Facultad de Psicología. UBA-
- Profesor a cargo de Psicopatología Psicoanalítica III.
Carrera de Especialización en Psicoanálisis con Adolescentes. UCES - APBA.
- Autor de libros y artículo


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