Silvina María Llensa de Pique
Orientación a familiares de personas encarceladas
Profesionales, instituciones o voluntarios que tengan acceso intramuros y/o trabajen con egresados de prisión

Servicio de orientación a familiares de personas encarceladas

Las problemáticas relacionadas con el consumo de drogas y alcohol se han convertido en un problema social que ya podemos considerar característico de las sociedades contemporáneas que hace eclosión en conductas ilícitas, desviadas y desadaptadas. Un alto porcentaje de la población penal (más del 60%) reconocen haber tenido experiencias de este tipo, previas a su ingreso a prisión e incluso en muchos casos, esto ha incidido en el delito.

Si los lazos sociales eran precarios para ciertos grupos humanos de la sociedad contemporánea, en la Argentina de hoy, en tiempos de desocupación, precariedad del empleo e inseguridad, la vida en común se ha entorpecido y es el temor lo que predomina. Frente a las catástrofes sociales es más difícil pensar en la solidaridad que aparece claramente frente a los fenómenos naturales. Vivimos defendiéndonos del otro, dividiéndonos y segregándonos.

En este contexto y coherentemente con la historia mundial de las cárceles y los neuropsiquiátricos, resulta un alivio que quienes se encuentran internados, permanezcan allí, y cuanto más alejemos a estos establecimientos de los centros urbanos, mejor. Si bien las unidades carcelarias poseen una explícita función resocializadora, el mandato social tiene más que ver con el castigo y la exclusión.

Cuando una reja se cierra, tras el ingreso de una persona privada de su libertad por primera vez, comienzan una serie de vivencias que marcan un hito a partir del que hay un antes y un después en su vida. Este mundo nuevo con sus normas, códigos, lenguaje y estructuras de poder exige un esfuerzo de adaptación muy grande en un momento en el que prima la confusión. En este sentido, la búsqueda de alguien -pariente, amigo o vecino-, entre los alojados para que funciones de referente les permite armar pequeños grupos o ¨ranchos¨ que dan un sentido de pertenencia e identidad, una nueva familia con la que se comparte todo y a la que se debe fidelidad.

¿Es cierto que es tan difícil la convivencia dentro de un penal?
Se sabe que la ley detrás de las rejas es implacable, los violadores son violados, los buchones son denunciados, primitiva ley del talión que actúa con toda eficacia, concretización de la ley, acto y no palabra. Hay ciertas reglas que de ser respetadas facilitan el vivir sin conflictos: el trato de usted, el respeto por la mujer del otro, sus pertenencias y sus espacios.

¿Con qué tienen que ver las jerarquías que se establecen?
Las jerarquías están vinculadas con el tipo de delito, siendo el robo con armas y la cantidad de años que han transcurrido en prisión lo que marca la cumbre, los delitos relacionados con el narcotráfico y venta de drogas pertenecen a una categoría intermedia, despreciada, por ser quienes podrían facilitarle dichas sustancias a sus hijos. Por último, los delitos sexuales son condenados con discriminación y servidumbre hacia los demás.

Si nadie da referencias del que ingresa por primera vez, hay quienes se encargan de probarlo. Al ver si permite que le quiten sus pertenencias y el grado de resistencia que opone, es catalogado y se lo habilita a compartir diferentes espacios dentro de un pabellón. La debilidad es motivo de desprecio, quien procede de un nivel social o cultural más alto del de la media, es motivo de especial interrogación al respecto. La modalidad de prueba puede ser la de exigirle que su familia provea de bienes para el uso o consumo de los demás.

¿Porqué encontramos tantas parejas y madres dispuestas a todo por los internos?
La situación de encarcelamiento devuelve al hombre o jóven a una situación primaria de dependencia absoluta. Lugar privilegiado para aquellas mujeres que desean recuperar u obtener "su bebé¨, les llevan comida, ropa, realizan cuanto trámite les piden y se sacrifican todo el tiempo, por ejemplo, realizando largas colas y tortuosas requisas para poder ingresar a visitarlos. Hasta en algunos casos les llevan la droga pedida porque al ¨pobrecito¨, no se le puede decir que no porque está preso.

Si se trata de la pareja, aparece muchas veces también la fantasía de haber logrado la posesión del hombre fiel, con la garantía de tenerlo sólo para sí. Digo fantasía porque indudablemente también intramuros pueden sostenerse relaciones paralelas.

¿Qué representa la cárcel para el adicto?
El hallazgo de un continente temido y deseado a la vez, un anestesiador de fuertes vivencias de indefensión que se conjugan con las de peligrosidad. Esto, que funciona como límite desde lo real (muros, rejas, guardias, etc.), generalmente tiene que ver con lo que desde lo personal y lo familiar no se ha podido establecer y pone fin o suspenso a una carrera que podría haber terminado en la muerte.

¿Qué sucede después de ese primer momento necesario para ubicarse en el lugar?
El tiempo de detención tiene distintos momentos, especialmente relacionados con las posibilidades reales o fantaseadas de recuperar la libertad, y según los medios que les otorgue el establecimiento donde se encuentran alojados, pueden elegir diferentes caminos alternativos.

Como ocurre en muchos casos, especialmente en cárceles de procesados superpobladas, recurrir al uso indebido de sustancias psicoactivas (drogas legales e ilegales, alcohol) en un intento de evitar la angustia y conciencia de temporalidad. Poner sus energías en luchas por el poder y reivindicaciones propias o ajenas.

Aprovechar el tiempo para obtener logros que extramuros no alcanzaron. Por ejemplo, finalizar o comenzar estudios, adquirir hábitos laborales, aprender un oficio, participar de un culto religioso o grupo de autoayuda.

La consulta psiquiátrica, generalmente relacionada con el insomnio, tiene más que ver con buscar en el profesional alguien que le provea psicofármacos. También hay quienes a partir de la indicación del psiquiatra o por propia iniciativa solicitan asistencia psicológica. Dentro de este espacio, y durante este tiempo que forzadamente tienen que transcurrir, muchas veces hay lugar para abrir preguntas que tienen que ver con qué los llevó a estar privados de su libertad. Muchas veces se pone a la droga como causa, culpable y hasta como justificación.

¿Cuáles son los mas frecuentes motivos de consulta?
Los motivos de consulta son múltiples. Muchas veces vinculados con la relación con sus parejas o con sus hijos, y otras tantas por querer hacer algo que impida repetir indefinidamente esta historia. Otro motivo que asiduamente aparece como consulta es el descubrirse o saberse infectado por el virus de Inmunodeficiencia Humana. (SIDA), el cómo hablar de esto con su familia y ante todo qué hacer con esta otra condena que no tiene una fecha en la que pueda terminar.

¿Han hecho algún tratamiento previo?
Para la gran mayoría es su primer contacto con un profesional del área de la salud mental. Otros han sido llevados a hacer algún tratamiento o han pedido ayuda puntualmente frente a alguna situación límite, pero no lo han podido sostener.

¿Los menores piden asistencia psicológica?
Sí, en gran medida y cuando cuentan con familia, éstos se interesan bastante en el tratamiento. Tengo la experiencia de haber trabajado con adolescentes cuyas familias sentían alivio porque estaban presos, dado que ahora sabían dónde estaban y que su vida no corría peligro. La pregunta tiene que ver con qué pasará después, si esos padres no trabajan con la posibilidad que tienen ellos, de poner esos límites, si van a seguir no pudiendo escuchar los llamados del hijo que los enfrentaban con la propia impotencia, necesitando siempre de instituciones cerradas que se hagan cargo.

¿ Es verdad que muchos piden asistencia cuando les falta poco tiempo para recuperar la libertad?
Muchas veces aguardan ese momento para hacerlo, porque deliberadamente decidieron no pensar creyendo que esto les haría más tortuosa la espera. Tengo largos años de experiencia de trabajo asistencial con condenados en el Período de Prueba (última etapa del Tratamiento Penitenciario) con la posibilidad de retornar a su hogar quincenalmente por 24 o 36 hs. El contraste entre la realidad esperada y la encontrada suele ser muy grande. Los años de ausencia en la familia traen como consecuencia que la misma ha aprendido a funcionar sin él y ya no le sea fácil encontrar su lugar. Se encuentran en falta y con grandes dificultades para tener palabra que pueda ser validada como autoridad. Mujeres que se acostumbraron a manejarse solas y no desean renunciar a esa independencia. O lo contrario, todo quedó detenido en el tiempo y ahora se le pide que mágicamente resuelva todos los problemas, especialmente los de índole económica lo cual los empuja a volver a robar o comprometerse con algún vendedor de drogas que les facilita el dinero o las armas, retornando al circuito anterior a la detención. Estas mismas mujeres suelen pedirles que no delincan ni se droguen más, que es la última vez que lo visitan en una cárcel, pero ponen sobre la mesa todas las facturas a pagar y difícilmente salen a buscar trabajo. Otra pregunta tendría que ver con qué hacer para no terminar propiciando aquello mismo que se dice querer evitar.

¿Cómo hacer para poder empezar a poner en palabras lo que les pasa?
Si antes resolvían sus problemas pasando directamente a la acción, ahora se han autoimpuesto no manifestar ni relatar malestares que tengan que ver con su vida intramuros. Se escucha habitualmente el que no deben hacerlo, que ya bastante sufre su familia por el hecho de que están presos. Esto forma parte de los códigos intramuros y el no hacerlo es muestra de debilidad. En este sentido, el acompañamiento de las familias se ve dificultado por las limitaciones que posee la comunicación. Indudablemente los profesionales de la salud, grupos de autoayuda,, docentes, grupos religiosos, etc. nos encargarnos de crear espacios de palabra que rompen con esas reglas lo cual hace pensar rápidamente el que no se trata de una tarea fácil de realizar y sostener.

Compartiendo experiencias con otros profesionales que trabajan con adictos en comunidades terapéuticas o consultorios privados, descubro que me encuentro en un lugar donde poseo ciertas ventajas. Yo no soy la autoridad que pone las normas ni castiga. Tengo tiempo. La próxima entrevista se encuentra asegurada al menos si el paciente así lo desea, ya que el tratamiento psicológico no es obligatorio. Incluso aquellos internos que poseen ¨medida de seguridad curativa¨ de acuerdo a la Ley de estupefacientes 23.737 del Código Penal, pueden negarse a realizarlo.

Tras 12 años de trabajo me conocen, siempre alguno da referencias mías como alguien en quien se puede confiar, a mí también me han probado, formo parte de la institución aunque use un delantal blanco en lugar de un uniforme gris, y ese es suficiente motivo para dudar. Son sus propios líderes, quienes solicitando asistencia o concurriendo a convocatorias grupales habilitan a hacer lo mismo al resto. Son particularmente mis pacientes quienes me derivan a sus compañeros.

¿Cómo hacer para mantener la distancia necesaria para ayudarlos sin involucrarnos demasiado?
Es un difícil equilibrio, el riesgo de caer en la identificación, donde no nos podemos discriminar del otro, es frecuente, cuando en realidad es esa diferencia desde la que podemos introducir algo distinto, un límite. Nos encontramos con historias cargadas de adicciones, autolesiones, delitos, internaciones, confrontaciones permanentes con el poder legal, escandalizando con el aspecto aparentemente voluntario de su conducta. Estos espacios de palabra, donde empieza a circular algo diferente a las certezas que hasta ahora traen, son indudablemente un largo camino a recorrer para que aparezca lo hasta ahora no dicho (lo a-dicto).

¿Qué pasa con quienes egresan de una cárcel?
Si pensamos en el que egresa, que fue condenado y cumplió la pena impuesta, nos podemos dar cuenta que la sociedad estigmatiza de tal forma que parecería que nunca terminará de pagar. Si el lazo social no es reparable o restituible, ¿no estaremos dándoles o reforzándoles su identidad marginal? ¿No será que nos roban en un intento de que les devolvamos lo que si no es a través de la violencia están imposibilitados a tener acceso? Probablemente éstas sean las cosas que son actuadas, los síntomas del ¨malestar en la cultura¨.

Las instituciones oficiales encargadas de ocuparse de los liberados se encuentran desbordadas, poseen largas listas de espera para conseguirles trabajo pero nunca serán llamados porque ya las empresas o personas difícilmente acepten mano de obra con antecedentes penales. Para los que carecen de techo poseen hoteles donde se los aloja durante un tiempo limitado, generalmente insuficiente para resolver este problema. Los extranjeros no pueden retornar a su país hasta no haber finalizado el tiempo de libertad condicional o asistida pero tampoco tienen documentos para trabajar aquí ni dinero para el pasaje de vuelta. El voluntario, llámese catequista, miembro de Alcohólicos Anónimos, pastor, etc. siente muchas veces que debería llevarse al egresado a su casa y muchas veces lo hace, no siempre con los mejores resultados, y por supuesto, desbordándolos la demanda frente a las posibilidades reales que tienen para ayudar.

¿Qué cosas siente o le pasan al ex-interno?
En cuanto a las vivencias que tiene el que la recupera la libertad solemos encontrar que, tras la euforia del primer momento surge el desánimo, las dificultades, la caída de lo idealizado desde hace algunos años. Estar de nuevo en el hogar familiar, lo tan ansiado y esperado por ser aquello imposible de alcanzar durante tanto tiempo. Lo valorizado a partir de la pérdida y el temor a haberlo perderlo definitivamente, está ahora allí y las cosas no suelen ser como se pensaron, no es todo armonía y completud. Ya no es fácil encontrar su lugar. Las parejas o familias aprendieron a funcionar con su ausencia o ya alguien fue puesto en ese espacio para evitar el vacío.

Trabajando en un penal, muchas veces, he recibido a egresados que vienen diciendo que, al menos, allí tenían asegurada una cama y plato de comida, trabajo y asistencia. No es sencillo renunciar al lugar de reconocimiento que poseían en esa estructura, una identidad que les daba seguridad. Otros no lo pueden decir y mucho menos elaborar y vuelven a ser detenidos mucho antes de lo imaginable o transgreden en sus últimas salidas transitorias o cuando falta escaso tiempo para su libertad. Buscan que se los sancione, demoran o arriesgan su libertad, dicen, ¨necesitaba estar en esa celda de aislamiento para acordarme de lo que es estar preso¨. Indudablemente es mucho lo que pierden al egresar, más allá de todo lo que es motivo de su queja respecto de la institución que los aloja.

¿Qué se puede hacer para que haya menos reincidencia y facilitar la reinserción del que egresa?
Entiendo que hay que trabajar preventivamente creando o fortaleciendo los lazos sociales. Que más allá del trabajo con las familias, hace falta un trabajo en red donde organismos oficiales, instituciones y personas solidarias interactúen. De no ser así, se siente el mal sabor de la frustración y la sintomatización de la impotencia: la angustia. Los invito a leer el trabajo que adjunto respecto al relato de mi experiencia a partir del ¨Programa de Prevención del uso Indebido de Sustancias psicoactivas del Instituto Correccional abierto de Ezeiza U.19 S.P:F¨.en el que se logró algo de lo que quiero transmitir. Si bien se realizó en un instituto abierto, luego fui convocada a una comisión en la Secretaría de Política Penitenciaria del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, donde se han hecho proyectos que aún no se han implementado, que permiten ser puestos en marcha incluso en cárceles de máxima seguridad, en los que se incluye el trabajo voluntario para la comunidad. Es indispensable la participación de ésta a través de organizaciones de bien público para poder generar proyectos comunes. Ejemplo de esto, es la elaboración de pan o pastas para ser consumidas en comedores comunitarios, reparación de mobiliario escolar, confección de prendas y juguetes, etc.. Hay varias experiencias de este tipo, por ejemplo en el penal de Devoto ha funcionado un taller donde se traducen al sistema Braile los textos que una escuela para ciegos les solicita. Estas experiencias promueven vivencias de carácter solidario y reparatorio .

La idea de estos programas que se implementan a través de talleres (ej: teatro, periodismo, artesanales y trabajos voluntarios para la comunidad) tiene por objetivos primordiales:
Prevenir los factores de riesgo que conllevan al consumo de estupefacientes,
Crear una red de contención que a través de una mejor ocupación del tiempo libre, facilite la recepción de demandas de orientación y asistencia en virtud de las secuelas que han dejado los años de detención para el retorno al medio familiar y social.

Mejorar la calidad de la convivencia intramuros haciendo de ésta una sociedad que puede ser solidaria.

Fomentar lazos sociales a partir de experiencias solidarias que generen en la sociedad una actitud más receptiva y comprensiva otorgándole al que egresa un lugar diferente.

Lic. Silvina María Llensa
M.N.15.267



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Relato de una experiencia de trabajo a raíz del programa de prevención del uso indebido de sustancias psicoactivas del instituto correccional abierto de Ezeiza (U.19. del S.P.F.)

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